24 May 2019

BY: Jimena Ocampo Lozano

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Una de las quejas más frecuentes de las familias son los problemas de comportamiento que presentan sus hijos e hijas. Incumplimiento de normas y órdenes, gritos, enfados y rabietas cuando no consiguen lo que quieren, mentiras, actitudes desafiantes, amenazas, etc.

Dichos problemas de comportamiento pueden dividirse en tres grandes bloques:

  • Desobediencia: incumplimiento de normas y órdenes.
  • Oposicionismo: enfrentamiento y desafío a los demás.
  • Agresividad: comportamientos violentos y destructivos hacia objetos y/o personas.

 

Este tipo de conductas pueden considerarse normales, y en muchas ocasiones forman parte del propio desarrollo evolutivo del menor (especialmente en los primeros años de vida), por lo que si se gestionan adecuadamente tenderán a desaparecer.

No obstante, si estas conductas se presentan con una intensidad, frecuencia y/o persistencia elevadas es necesario consultar con un especialista, ya que pueden tener graves consecuencias en el menor y en su adaptación a los diferentes entornos (familiar, escolar, social).

Efectuando una atención temprana, podremos prevenir que el problema de conducta existente pueda desencadenar trastornos de mayor gravedad, como el Trastorno Negativista Desafiante (entre otros), o problemas más significativos en la adolescencia.

¿Qué pueden hacer las familias?
Cada caso es diferente, y por ello será necesario que un profesional especializado valore la situación individualmente y ofrezca medidas específicas al menor, familia y centro educativo. Sin embargo, hay una serie de pautas que pueden ser de ayuda para comenzar:

 

  • Dar órdenes de forma efectiva.Para favorecer que las normas se cumplan, es conveniente seguir estas recomendaciones:
    – Dar una sola orden cada vez
    – Efectuar la orden de manera clara, reflejando lo que queremos que haga (Por ejemplo: evitar “Pórtate bien” por ser demasiado general y fomentar “Necesito terminar de hablar por teléfono. Por favor, espera a que termine y hablamos”).
    – Asegurarnos de que el menor nos está haciendo caso cuando efectuamos la orden. Para cercionarnos de que nos ha entendido, le podemos pedir que nos la repita.
    – No repetir continuamente la orden, sino limitar el número de veces que se recuerdan las cosa.

 

  • Reforzar las conductas positivas del niño/a
    Una de las pautas que mejores resultados tiene es la de reforzar y reconocer las conductas positivas que hace el menor. De hecho, se ha comprobado que es más efectivo premiar lo positivo que castigar lo negativo.
    Este refuerzo se puede proporcionar a través de pequeños premios, atención, halagos, gestos de afecto… Es importante que al hacerlo no aprovechemos para introducir reproches ni comentarios negativos (“Ya podrías portarte siempre así, porque normalmente te portas fatal”), ya que le estaríamos restando valor a lo que ha hecho adecuadamente.

 

  • Ignorar las conductas indeseadas
    Muchas veces prestamos más atención a las conductas inadecuadas que a las adecuadas, lo que hace que el menor siga repitiendo las inadecuadas para lograr ser atendido. Por este motivo, es necesario aprender a ignorarlas, a la par que reconocemos las conductas positivas.
    Cuando se esté portando mal podemos intentar guiarle para que se calme y se comporte mejor, dejándole claro lo que tiene que hacer para recibir nuestra atención (P.e.: “Si gritas no te entiendo, cuando me hables bajito te atiendo”, “Estás enfadado porque no has conseguido lo que querías, cuando te tranquilices hablamos”).

 

  • Castigar adecuadamente y ser consecuentes

Cuando las conductas indeseadas se siguen dando a pesar de ser ignoradas, es necesario castigar al niño por ello. En ocasiones, tendemos a amenazar con castigos que luego no vamos a cumplir, algo que no es efectivo ya que los menores aprenden que lo que decimos tiene poca credibilidad. En lugar de ello, es mejor poner castigos realistas, explicarles lo que pasará si hacen determinadas cosas (conducta y consecuencias) y cumplirlo en caso de que sea necesario.

 

  • Ser constantes

Para que los menores aprendan adecuadamente las normas, hay que repetírselas en los diferentes contextos. De poco sirve reñir unas veces y otras no, ya que puede desorientar al niño. Asimismo, todos los miembros de la familia han de actuar al unísono, aplicando las mismas pautas y normas.

  • Ejercer como modelos

Una de las principales fuentes de aprendizaje de los niños es lo que observan en su entorno, por lo que debemos actuar de forma coherente a lo que le pedimos al niño.

  • Hablar de la conducta, no del niño/a:

Debemos quitar de nuestro vocabulario apelativos negativos y generales hacia el menor. Es preferible que describamos la conducta que ha hecho mal, puesto que le ayudará a saber qué tiene que cambiar y no afectará tanto a su autoestima (Por ejemplo: “No está bien que hayas pegado a tu hermano” en lugar de “¡Qué mala eres!”).

  • Hacerle partícipe

En la medida de lo posible, es deseable hacer partícipe al niño en el establecimiento de las nuevas normas y límites. Gracias a ello, se mantendrá más comprometido y motivado con los cambios.

  • Mantener una buena relación

Es esencial crear un clima de confianza y comprensión con nuestros hijos, para favorecer una buena comunicación con ellos. Además, es importante pasar tiempo de calidad juntos, tratando de estar centrados en ellos y no en distractores (teléfono, otras personas, preocupaciones, etc).

  • Tratar de mantener la calma

En momentos de conflicto, los nervios pueden hacer que entremos en discusiones sin sentido con los menores, que actuemos de forma inadecuada y que, al fin y al cabo, el conflicto se agrande. Recordemos además que para ellos somos un modelo, y perder los nervios solo hará que nuestros hijos aprendan formas de actuar que no nos interesan.

Por ello, y aunque resulta complicado, debemos intentar mantener las formas en situaciones conflictivas.

¿Y si son adolescentes?

Las mismas pautas arriba indicadas pueden aplicarse con niños, adolescentes y adultos. No obstante, con los adolescentes hay que tener en cuenta lo siguiente:

  • A menudo se sienten “incomprendidos” por los adultos, por lo que es especialmente importante escucharlos, haciendo un esfuerzo por entenderlos y ponernos en su lugar. Esto tal vez nos permita comprender el porqué de muchas de sus conductas.
  • En ocasiones somos muy críticos con ellos, por lo que es especialmente recomendable centrarnos en recalcar lo positivo que hacen, y no tanto en lo negativo.
  • En lugar de imponer normas y medidas, es mejor que las negociemos con ellos. Esto hará que se sientan escuchados y percibirán que tomamos en cuenta sus necesidades.

Cristina Aristimuño.

Psicóloga general Sanitaria.